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viernes, 23 de junio de 2017

SUECIA REDUCIRÁ 85 POR CIENTO SUS EMISIONES DE CARBONO


RECIENTEMENTE SE APROBÓ EN SUECIA UNA LEY QUE OBLIGA AL PAÍS A ALCANZAR UN NIVEL CERO NETO DE EMISIONES DE GASES DE EFECTO INVERNADERO PARA 2045.

La Ley del Clima entrará en acción en enero de 2018 y plantea como metas que la política climática del gobierno se base en los objetivos climáticos y especifique cómo se llevarán a cabo; además, se deberá presentar un informe sobre el clima cada año en el proyecto de ley de presupuesto, y finalmente, el gobierno elaborará un plan de acción de política climática para la consecución de sus objetivos climáticos cada cuatro años.

Esta ley hace de Suecia un país excepcional al comprometerse con un objetivo más ambicioso del que fue planteado bajo el acuerdo climático de París de 2015 (en donde se pretende lograr la neutralidad de carbono para 2050). Costa Rica, sin embargo, se comprometió en el acuerdo de París a alcanzar cero emisiones antes que Suecia, en 2021; éste es el único país con más de un millón de personas que tiene un objetivo tan ambicioso.

"Con Donald Trump planeando retirarse del acuerdo de París, ahora más que nunca necesitamos que el resto del mundo aumente su contribución en la lucha contra el cambio climático", dijo Gareth Redmond-King, jefe de clima y energía de World Wildlife Fund (Fondo Mundial para la Naturaleza). "Es una victoria importante, no sólo para Suecia, sino para todos los que se preocupan por el futuro de nuestro medio ambiente".

Suecia ya ha pasado décadas eliminando el carbono de su suministro de energía. En la década de los años setenta, comenzó a construir una flota de reactores de energía nuclear. En la década de los noventa, introdujo un impuesto sobre el carbono, que alentó un alejamiento de los combustibles fósiles. A principios de este siglo, comenzó a invertir más en energía renovable, especialmente en energía eólica y solar. Es por eso que actualmente sólo una cuarta parte de la energía de Suecia proviene de combustibles fósiles, en comparación con más de cuatro quintos en los EE.UU. y el Reino Unido.

Esta la Ley del Clima aprobada en Suecia compromete al país a reducir sus emisiones absolutas de gases de efecto invernadero en al menos un 85% por debajo de los niveles de 1990. Para el 15% restante, planea compensar las emisiones invirtiendo en proyectos que contribuyen a reducir la contaminación tanto en Suecia como en otros lugares. Estos proyectos pueden implicar, por ejemplo, financiar proyectos que reduzcan las emisiones de gases de efecto invernadero o invertir en tecnología de captura de carbono.

Publicado en PIJAMASURF

martes, 5 de abril de 2016

JEREMY RIFKIN: “NO HAY PLAN B”


Una tercera revolución industrial para combatir el cambio climático y vivir mejor

Rifkin traza las líneas para llevar a cabo la transición necesaria hacia un futuro sostenible, gestionando adecuadamente los recursos naturales del planeta y nuestras relaciones económicas y sociales.


“There is no plan B!” Con estas palabras concluía Jeremy Rifkin su ponencia en la sucursal belga de Triodos Bank hace unos meses. Durante su discurso, perfiló el futuro retrato de una Europa inteligente, verde y digital, basándose en el documento estratégico que ha redactado para la Comisión Europea.

Para Rifkin, “la clave de esta nueva Europa es lo que podríamos denominar la Tercera Revolución Industrial: una completa transición sostenible de la mano de las tecnologías de la comunicación, la energía y el transporte”. Sus consignas son transparentes y se basan al mismo tiempo en una visión humanística y holística.


“Todavía estamos dormidos”, señala en referencia al cambio climático, pero también al hecho de que hayamos iniciado la sexta extinción masiva de la historia del planeta, un elemento confirmado recientemente por biólogos de universidades tan prestigiosas como Stanford, Berkeley y Princeton.

La especie humana traspasa los límites planetarios, abandonando el espacio operativo seguro de la Tierra. “Tenemos que actuar como si pudiéramos revertir el rumbo del cambio climático”, advierte. La necesidad de esta transición sostenible está de sobra demostrada. Pero, ¿cómo abordarla?
Tercera Revolución Industrial

En lo que él mismo califica como Tercera Revolución Industrial, Jeremy Rifkin traza las directrices de un futuro en el que reconstruiremos en profundidad nuestras actividades económicas y sociales, pondremos fin a la sobreexplotación del ecosistema planetario y todos viviremos mejor. Una visión del futuro que marca un optimismo acérrimo. En su libro homónimo, Rifkin analiza las dos revoluciones industriales anteriores y aventura una tercera que ya muestra signos de existencia. “Una revolución industrial se produce en el momento en el que se dan tres condiciones: cuando en una sociedad los sistemas de comunicación, la gestión de la energía y el sistema de transporte se enfrentan, cada uno, a sus propias revoluciones y derivan en un nuevo nivel superior”, sostiene Rifkin.

Jeremy Rifkin durante la conferencia ofrecida en Triodos Bank Bélgica el 10 de junio de 2015.

“Ahora bien, resulta que en estos tres ámbitos ya han comenzado estas revoluciones o bien se están intensificando”.

Internet de las cosas

Jeremy Rifkin considera “el internet de las cosas” como un mecanismo inteligente que une entre sí a las empresas y organizaciones activas en el sector de las energías renovables, la logística y las tecnologías de la información. En este caso, se trata de nuevos modelos de negocio aún relativamente limitados, pero que son la punta de lanza de megatendencias que, en opinión de numerosos expertos, se desarrollarán de manera exponencial durante el próximo decenio.

En efecto, imaginemos por un instante que todo el mundo vive en una casa pasiva, con una demanda energética mínima, y que todas las viviendas producen más energía de la que consumen. ¿Qué impacto tendría esto en la sociedad? ¿Qué sucedería con los proveedores actuales? ¿Y con la industria eléctrica?

Asimismo, el economista asocia estos cambios a otras modificaciones profundas que afectan a los otros dos sectores mencionados, el transporte y las tecnologías de la información: “Los vehículos eléctricos, el transporte sin conductor dirigido por GPS, la economía circular, el intercambio de conocimientos open source, el consumo colaborativo, la impresión 3D y otras fabricaciones digitales a demanda crean una nueva sociedad de coste marginal cero, en la que la reproducción digital permite desarrollarse sin gastos”.
Coste marginal cero

En su último libro, “La sociedad de coste marginal cero”, Jeremy Rifkin aborda este innovador concepto de coste marginal casi nulo que facilitan las nuevas tecnologías y que podría desencadenar en un nuevo paradigma económico. ¿En qué consiste? Explica Rifkin: “Si se apuesta al máximo por la combinación de energías renovables, transporte sin conductor y conectividad, el coste marginal de la producción digital y física se reduce prácticamente a cero. Así, es posible crear más prosperidad sin consumir cada vez más materias primas ni tener que recurrir a una mano de obra cada vez más barata”.


“Es posible crear más prosperidad sin consumir cada vez más materias primas”

Muchas de las ideas abordadas por Rifkin ya están en marcha. Cita, por ejemplo, algunas cifras relativas a la energía solar: “En 1977, el coste de la producción de un vatio de energía solar ascendía a 76 dólares. En 2017, no superará los 0,36 dólares. Si pudiéramos explotar aunque solo fuese el 0,1% de la energía transmitida por el Sol a la Tierra, dispondríamos de seis veces nuestra demanda de energía actual.” También da cifras que nos hacen reflexionar sobre cuál es nuestra forma de transporte. “Un solo vehículo compartido permite evitar que se produzcan otros quince y el uso compartido de vehículos puede reducir un 80% el tráfico en una ciudad media americana”, afirma.


Último libro de Jeremy Rifkin
No hay mano invisible

Más ejemplos. Actualmente, la impresión 3D utiliza una décima parte del material necesario en los procesos de producción tradicionales. Asimismo, menciona un estudio de Cisco que afirma que para el año 2022, el internet de las cosas podrá generar 14.400 millones de dólares en ahorros de costes y volumen de negocios.

Gracias al aumento de la eficacia y la productividad resultantes del internet de las cosas, Rifkin también prevé una migración del empleo hacia una economía más social. Define este concepto en sentido amplio, “como el de todos los sectores en los que predomina la interacción humana: la enseñanza, la atención sanitaria, la atención a la infancia y a los mayores, el sector no comercial, el sector medioambiental, pero también el arte, la cultura, el deporte y el entretenimiento”.


“Es necesaria la actuación conjunta de todos los actores sociales para una transición sostenible”

Rifkin no cree que exista una “mano invisible” que facilite la transición sostenible, sino que ve necesaria la actuación conjunta de todos los actores sociales: “Si en vez de desarrollar por separado los avances tecnológicos en el mundo de internet, las energías renovables y el transporte sostenible lo hiciéramos de forma conjunta, generando sinergias, entonces la Tercera Revolución Industrial podría conducirnos hacia un modelo socioeconómico sostenible”, afirma convencido.

Hacia un futuro sostenible

Pero, ¿quiénes son estos actores sociales? “Existen diversos grupos de interés implicados en redes necesarias para promover la transición hacia una economía circular: desde administraciones y empresas al mundo académico, el ámbito social e individuos motivados. Esto requiere una correspondencia de los objetivos estratégicos a corto y largo plazo, un gobierno fuerte que defina las directrices y una excelente coordinación capaz de poner en relación diferentes ámbitos políticos y sectores”, explica Rifkin.

Debemos unirnos todos para apostar a gran escala por la eficiencia energética, “ya sea en calidad de ciudadano, de pyme, de multinacional o de poderes públicos. No hay excusa, no hay plan B”.


JEREMY RIFKIN

Nacido en 1943 en Denver (Colorado), es economista, sociólogo, asesor político y orador de reconocido prestigio. Ha publicado numerosas obras, entre las que destacan La sociedad de coste marginal cero, La Tercera Revolución Industrial, La civilización empática o El fin del trabajo. Rifkin investiga cuál es el impacto de la ciencia y la tecnología en la economía, la sociedad y el medio ambiente. Es presidente de la Fundación de Tendencias Económicas y asesor político de la Unión Europea y de jefes de estado de todo el mundo.

Texto: Floris van Cauwelaert · Fotos: Foundation on Economic Trends y Laure Voortzar

domingo, 6 de marzo de 2016

Economía circular, echa a rodar la mayor revolución global en 250 años


Un estudio de Accenture cifra en 4,5 billones el impacto que en 2030 tendría un cambio en la manera de producir, trabajar y comprar

Los recursos naturales escasean cada vez más en el mundo y la única manera de resolverlo es reduciendo el consumo de ellos y, cuando es imprescindible, hacerlo de manera más sostenible. Mientras medio mundo está aún noqueado por los flecos de la crisis económica más grave sufrida desde la de 1930, hay expertos que ya están pensando en que hay que cambiar las estructuras de producción para crear riqueza y empleo al tiempo que se reduce el impacto medioambiental. 
Este nuevo modelo de producción es la economía circular, que consiste básicamente en algo así como cerrar el círculo de los ciclos de vida de los productos a través de un mayor reciclado y reutilización, lo que aportará beneficios al medio ambiente, en la medida en que se reducirá la utilización de materias primas, y a la economía en general en forma de más crecimiento y, en consecuencia, mayor creación de empleo.
Un estudio de Accenture estima que si el mundo a nivel global adoptara el sistema productivo que propone el método de la economía circular, ésta podría aportar hasta 4,5 billones de dólares a la economía global en 2030

6.150 millones de ayudas

Desde la Comisión Europea también han visto una oportunidad de fomentar el crecimiento económico a través de la economía circular. Así, hace unas semanas el Ejecutivo comunitario aprobó un ambicioso paquete de medidas para impulsar la competitividad, crear empleo y generar crecimiento sostenible. El plan de acción abarca la totalidad del ciclo de vida, de la producción y el consumo a la gestión de residuos y el mercado de materias primas secundarias, para lo que se destinarán 6.150 millones de euros de fondos europeos.
El vicepresidente primero de la Comisión Europea, Frans Timmermans, aseguró recientemente que «nuestro planeta y nuestra economía no podrán sobrevivir si mantenemos el enfoque de coger materias primas, fabricar, utilizar y tirar. Tenemos que conservar los recursos valiosos y explotar plenamente todo el valor económico que atesoran». La idea de Bruselas es eliminar las barreras que encuentran las empresas para optimizar el uso de los recursos e impulsar el mercado interior de materias primas secundarias.
Una de las propuestas de Bruselas es reducir el despilfarro de alimentatos mediante una indicación de fechas de caducidad mejoradas y herramientas que permitan alcanzar el objetivo de desarrollo sostenible de reducir a la mitad el desperdicio de alimentos, a más tardar en 2030.
En la misma línea figura el planteamiento para mejorar la reciclabilidad de los plásticos, mediante la reducción de sus sustancias peligrosas, de tal modo que reduzcan drásticamente los desechos marinos, ya que hay mares que tienen fondos de plástico en algunas zonas del mundo, tal y como denuncian desde hace años las organizaciones ecologistas. Los objetivos en materia de reciclaje, una de las patas de la economía circular, son ambiciosos en Europa ya que se propone reciclar el 65% de los residuos municipales junto con el reciclado del 75% de los envases de aquí a 2030.
Esta nueva economía, que pasa por la idea de que todo tiene un valor, incluso los desperdicios que tiramos a la basura, es una estupenda oportunidad además para las pequeñas y mediAnas empresas, así como para las startups, y esta carrera solo acaba de empezar. Su ventaja es que suelen tener un tamaño pequeño y, por tanto, tienen unas estructuras más fáciles de cambiar y adaptarse a los nuevos entornos que las grandes multinacionales. A
Algunos de los gigantes de la fabricación de productos de consumo, como Procter & Gamble, ya han visto la oportunidad de producir sin dejar residuos y, de hecho, esta multinacional ya tiene 45 líneas de producto fabricados con estas características que, en esencia, es «aquí no se tira nada», de modo que han puesto en marcha procesos para recuperar el final de la vida de lo que fabrican para capturar ese valor residual y reutilizarlo, tal y como se explica en el libro «Waste to wealth» de Peter Lacy y Jacob Rutqvist.
En la misma línea los consumidores tenemos cajones llenos de aparatos tecnológicos (teléfonos, batidoras, etc..) que ya no utilizamos porque están rotos, ya no están de moda o simplemente no los necesitamos aunque, en muchas ocasiones, tienen aún un valor considerable. La idea es que las empresas mejoren el mantenimiento y los productos en sí a través de reparaciones, mejoras o refabricación. 
Dell, por ejemplo, ha empezado a recoger ordenadores antiguos de sus clientes, los arregla y cuando puede los revende, bien enteros o por piezas.Y, como no podía ser de otra manera, una de las maneras de reutilizar lo que ya está fabricado es compartirlo o venderlo, y de ahí la importancia que tienen las plataformas para compartir cosas o servicios en la economía circular, con la necesaria complicidad de la tecnología digital. En este capítulo se enmarcan empresas como Uber o Airbnb, entre muchas otras.

Prioridades de las empresas

Un reciente informe de la consultora KPMG sobre las prioridades de los consejeros delegados de las empresas en 2015 señala la preocupación de éstos por el entorno operativo. En concreto asegura que «en muchos casos los productos y servicios que se ofrecen en el mercado siguen siendo los mismos, pero lo que cambia es la forma en la que se ofrecen al consumidor. El reto está en aprovechar al máximo la tecnología que está al alcance de todos y convertirla en un beneficio tangible para los clientes. Un buen ejemplo de esto son los servicios bancarios o de transporte, que están experimentando una verdadera disrupción en la forma de llegar a los clientes».
Otra de las claves de esta nueva economía circular es el análisis de los datos, pero no solo los internos que genera la propia compañía, sino los relacionados con la empresa que se generan externamente, como la conversación sobre ella en las redes sociales, el «imput» de los clientes sobre los productos, su precio o su disponibilidad, según KPMG.
Y, como no podía ser de otra manera, la innovación es una de las claves de esta revolución aunque los rápidos cambios que se producen en el comportamiento de los clientes, la inseguridad acerca de qué tecnología proporciona los mejores resultados o los límites presupuestarios no siempre hace que se potencie este área de las empresas. Así, el 46% de los primeros ejecutivos españoles asegura en la encuesta de KPMG que «la innovación es el reto más crítico dentro de sus compañías mientras que solo el 20% de ellos afirma contar con un proceso formal ya implantado en todas las áreas de la compañía en materia de innovación».
En este punto cabe recordar las declaraciones de Stephen Alop, consejero delegado de Nokia en 2011, cuando se sinceró con sus empleados en una carta en la que aseguraba que «la batalla de dispositivos se ha vuelto ahora una guerra de ecosistemas, donde éstos últimos incluyen no únicamente el hardware y el software del dispositivo, sino también a los desarrolladores, aplicaciones, e-commerce, publicidad, búsquedas, aplicaciones sociales, servicios basados en la localización y muchas otras cosas. Nuestros competidores no están llevándose nuestra cuota de mercado con dispositivos, se la están llevando con un ecosistema completo». Ni que decir tiene que Elop abandonó la compañía finlandesa cuyos restos fueron posteriormente comprados por Motorola. Si alguien tiene dudas que pregunte a Elop por la importancia de la innovación.
La realidad es que la tecnología está cambiando la forma de comprar y ahora hay muchas cosas que se adquieren a través del móvil, de ahí la importancia que tienen para las compañías hacer una publicidad targetizada para los clientes en función de sus preferencias y, sobre todo, cuidar el diseño de sus páginas web, de las app o de la tienda en sí misma para mejorar la experiencia de cliente.
Las empresas se han dado cuenta además de que el cliente cada vez es más infiel (hay alguna encuesta que asegura que al 92% de los consumidores no le importa que desaparezca una marca...se han acabado los sentimentalismos) por lo que desarrollan a marchas forzadas mecanismos para fidelizarlos, aspecto en el que las empresas que son puras online tienen ventaja ya que dominan mucho más el medio que las han hecho o tienen que hacer la transición entre el negocio físico y el virtual. Los expertos de KPMG concluyen que «se está produciendo un claro trasvase del business to business al business to customers».
Uno de los retos de transformación más importantes que tienen las empresas es poner al cliente en el centro de toda su estrategia para conseguir fidelizarlo. Por ejemplo Amazon ha puesto en marcha una campaña de publicidad por la que los clientes que compartan a través de la redes sociales las compras que realizan obtendrán un descuento del 5% en su próxima comprA. No es un avance tecnológico sino de hacer negocio ya que no hay que perder de vista que la tecnología habilita pero no desarrolla, o lo que es lo mismo, antes hay que tener un negocio.
Publicado en ABC

martes, 23 de febrero de 2016

Changemakers: innovar para cambiar el mundo


Por Luis Meyer | Foto: Simos Wijers | Infografías: Romualdo Faura


«Hay una capacidad creativa y de reinvención asombrosa»

El 71% de las empresas de Ashoka ha influido en las políticas de sus países

Portugal ha creado un fondo de 150 millones para la ayuda a emprendedores sociales


El mero hecho de emprender un negocio, sean cuales sean su actividad y sus objetivos, ya tiene una vertiente social, en cuanto a que genera empleo y riqueza. Pero los emprendedores sociales van más allá: «No se limitan a fundar empresas; fundan cambios», define Luis Berruete, coordinador de Creas, una organización que apoya la inversión de proyectos que impactan en necesidades que tienen que ver con el medio ambiente y la sociedad. «No hay que hablar de ventajas económicas, sino de otras cosas menos tangibles: las motivaciones personales, porque aquí no inviertes tu energía y tu talento para ganar dinero, sino para mejorar una situación».

Alfred Vernis es profesor de Estrategia y Dirección General de Esade y director de Momentum Project, un ecosistema de apoyo al emprendimiento social impulsado por BBVA. Considera que la distinción fundamental respecto al emprendimiento tradicional está en el valor que propone: «Para un emprendedor, parte de servir a unos mercados que puedan comprar un producto o servicio determinado para obtener un beneficio para él y sus inversores. En cambio, el valor de un emprendedor social está relacionado con una transformación positiva en la sociedad. Los emprendedores buscan consumar un impacto social muy definido. En el acto de creación, comparten muchos aspectos con los emprendedores ordinarios, pero difieren en su misión fundamental. El motor de la creación de una empresa social es el impacto social, no la aventura empresarial».

El objetivo del emprendedor social es cambiar el mundo, mejorarlo, mitigar las injusticias y desigualdades, hacerlo más sostenible. No es una figura nueva. Si echamos la vista atrás encontramos iniciativas que datan del siglo XIX, como la de Florence Nightingale, que fundó la primera escuela de enfermería en Inglaterra para modernizar la profesión y mejorar el trato a los pacientes, y a quien muchos contemplan como una pionera en este tipo de empresas. Lo que sí es reciente es la consideración del emprendedor social como figura: el término se acuñó por primera vez en los años 80, y en estas tres décadas ha ido evolucionando y ganando entidad.

Según el último informe GEM, observatorio del emprendimiento en España, el porcentaje de empresas creadas con fines sociales y medioambientales es de los más bajos de Europa, solo el 0,53%, mientras que en Islandia supera el 4%. Sin embargo, son datos matizables: el último estudio data de 2009, justo cuando estalló la crisis. «Precisamente eso provocó que surgiera más innovación y más conciencia en valores, aparecieron muchos modelos disruptivos y el número de emprendedores sigue creciendo año tras año», afirma Maira Cambrini, portavoz de Ashoka en España, la mayor red internacional de emprendedores sociales. «Somos una organización que apoya esta figura. Durante tres años les damos un estipendio para que puedan dedicarse a su proyecto. Ya tenemos 26, cada año añadimos solo tres o cuatro porque nuestro proceso de selección es muy riguroso, pero te puedo asegurar que cada vez se presentan más emprendedores. Para que te hagas una idea del cambio de paradigma, no seleccionamos el proyecto, sino a la persona, siempre que su objetivo sea resolver una problemática medioambiental, de salud, de educación, etc. Le facilitamos diferentes consultorías, le ponemos en contacto con otras personas de su sector. Mi experiencia es que hay un perfil potentísimo, cada vez más. Y con una capacidad creativa y de reinvención asombrosa. Tenemos a un emprendedor que ha diseñado un videojuego de marcianitos que pronostica la malaria, por ejemplo. Es de Madrid, pero ya se está usando en países del tercer mundo, como Mozambique. La crisis ha agudizado el ingenio, el emprendimiento con conciencia y la capacidad para identificar las necesidades sociales y medioambientales».

Antonio Gallut dirige Lonxanet, una plataforma que gestiona una reserva marina en las costas de Galicia, y que fomenta el diálogo entre pescadores, científicos y Administraciones para su conservación. Advierte de que no hay que olvidar otro de los pilares del emprendimiento social, aparte del medio ambiente y los sectores en riesgo de exclusión: «La educación. Es un factor muy importante porque promueve el cambio social a partir de nuevos modelos de enseñanza. Estamos viendo muchos emprendedores que van en esta dirección». Es el caso de empresas como Valnalón Educa, que impulsa el espíritu emprendedor en la sociedad promoviendo un cambio de mentalidad y actitud en los jóvenes por medio de proyectos para alumnos de todas las edades.


En definitiva, asistimos a una época de innovación y nacimiento de modelos disruptivos, enfocados a solucionar problemas y mejorar la situación, que logran ser sostenibles en el tiempo: según estudios de la propia Ashoka, el 83% de los 3.000 emprendedores sociales que componen su red internacional continúa trabajando en su idea inicial, el 71% ha influido en las políticas de sus países y el 85% ha logrado un cambio sistemático a gran escala.

Inversiones de impacto

Los emprendedores sociales tienen varias vías para financiarse, ya que en España se está creando un ecosistema en los últimos años que engloba aceleradoras y asociaciones que apoyan la búsqueda de capital para este tipo de proyectos. Es el caso de la mencionada Creas. «Gestionamos inversiones de impacto: social, medioambiental y económico», cuenta su coordinador, «aportamos capital riesgo de la siguiente manera: entramos en las empresas, añadimos valor, vendemos las participaciones y con esa rentabilidad volvemos a invertir en otras empresas sociales». Para Berruete, la inversión en este tipo de emprendimientos «no tiene nada que ver con la inversión socialmente responsable. Es, directamente, inversión social. Cada vez hay más que piensan que está muy bien invertir para ganar dinero, pero mejor aún hacerlo para ganar dinero y generar impacto. También existe el impulso de ayudar a la sociedad entre muchos inversores».

Las incubadoras ofrecen todo tipo de apoyo humano a los emprendedores sociales en los primeros pasos. Un ejemplo es Socialnest. Su fundadora, Margarita Albors, cuenta que su proyecto es fruto de una experiencia personal. «Yo estaba estudiando un máster en la Universidad de Harvard en Estados Unidos, venía del mundo de la ingeniería en la empresa privada, y fui para formarme en gestión empresarial. Me sentía muy afortunada de tener esa experiencia y de estar allí, pero me encontraba con una realidad que no había vivido con esa intensidad en España: las desigualdades sociales. A las mismas puertas de la universidad veía todos los días grupos de personas sin hogar, que dormían allí mismo, o se refugiaban por las noches en la tienda donde yo compraba los libros. Era 2008, acababa de estallar la crisis financiera con la caída de Lehman Brothers. Me di cuenta de que tenía cierta responsabilidad en poner mi granito de arena, de alguna manera. Empecé a informarme y a formarme en esa dirección. Decidí emplear mi formación en la empresa privada en aportar mi capacidad en mejorar el mundo en el ámbito social. Vivíamos una crisis que afectaba a la economía, producida por una crisis de valores».

Desde su experiencia en estos últimos años Albors también considera que el número de emprendedores sociales en España no deja de incrementarse. «Es poco cuantificable, y además hay muchos emprendedores y empresas que ni siquiera son conscientes de que entran en ese grupo. Es muy heterogéneo, porque comprenden diferentes proyectos y formas jurídicas».


Un sector por regular

Precisamente, una de las principales reclamaciones de los emprendedores sociales es acabar con esa indefinición. «Está muy poco desarrollada la legislación y el apoyo del Estado», denuncia Berruete, «incluso Portugal nos saca ventaja en este sentido, que acaba de crear un fondo de 150 millones para la ayuda a emprendedores sociales. Varias asociaciones estamos intentando, con 10 propuestas, que haya un Consejo Nacional que regule las inversiones de impacto y el emprendimiento social. Nos basamos en las recomendaciones del G8. Nuestra intención es que se recoja en el programa de las próximas elecciones, y que luego se implemente».

La diferencia entre una empresa social y una ONG es que la primera se financia con el producto de su actividad económica, mientras la segunda lo hace por donaciones, públicas o privadas. Con todo, falta un marco regulatorio que la defina y concrete, como reclama Antonio Espinosa, CEO de Auara, una firma de agua mineral que emplea los ingresos obtenidos con su venta en llevar el agua a las zonas con más carestía del tercer mundo. «No hemos encontrado ninguna certificadora en España, estamos en un proceso de certificación con una de Inglaterra. Hay sellos para las ONG o las fundaciones, pero para la empresa social no hay nada parecido en nuestro país. Entre los requisitos que nos ponen los británicos está el de destinar, como poco, el 51% de nuestros beneficios a proyectos sociales (nosotros dedicamos el 100%) y el compromiso de no repartir dividendos». El proyecto de Auara toca los dos palos principales a los que se dirige todo emprendimiento social: las personas y el medio ambiente: «La escasez de agua en el tercer mundo es la base de toda la pobreza. No es solo la que bebes, es con la que cultivas alimentos básicos, la que usas para una higiene mínima, etc. A través del agua podemos cambiar aspectos de una sociedad, esa es la base de nuestros proyectos: acceso al agua potable, saneamiento y agricultura básica».

Noelia López es una de las coordinadoras de Saraiva, una empresa que gestiona residencias y centros de día para personas mayores adoptando el housing, «un modelo que viene de los países nórdicos. Normalmente, el ambiente de estos centros se acerca al aspecto de un entorno clínico, pero nosotros buscamos que la persona se sienta como en su casa. Eso aporta muchas cosas al anciano, le ayuda a envejecer de una forma natural, sin sentir que ha roto con su entorno».

López también echa en falta más regulación y apoyo por parte del Estado. «Explicar que nuestra empresa es la manera de aportar un granito de arena para cambiar las cosas y no para ganar dinero es complicado, a la gente le cuesta asimilarlo. Es una cuestión de cultura. Cualquier tipo de empresa trata de aportar valor. En el caso de las empresas sociales, añadimos al económico –para que sea sostenible– el social o medioambiental. La tendencia es que cada vez hay más emprendimiento social, por eso es necesaria una normativa que nos defina».

Maira Albors, sin embargo, advierte de que una regulación específica para las empresas sociales puede tener sus riesgos: «Podría limitar sus vías de financiación debido a las restricciones de una forma jurídica específica. Ahora, el emprendedor social puede elegir si su proyecto es una fundación, una S.L. o la forma que mejor le convenga para sus objetivos. Hay que legislar, sí, pero con mucho tiento».

Puedes encontrar este y otros reportajes en el número especial sobre emprendimiento elaborado por Ethic y la Fundación EY.

lunes, 15 de febrero de 2016

La nueva Agenda para el Desarrollo Sostenible y nuestro proyecto de país


Todos los países y sociedades sin excepción tendrán que llevar a cabo las transformaciones necesarias para alcanzar un futuro común de prosperidad. También España.



Nos estamos acercando al momento de la verdad. Al momento de alcanzar nuevos acuerdos políticos y sociales que materialicen el sentir de la ciudadanía tras las pasadas elecciones, en el contexto de una crisis que se ha prolongado durante años y en el que el diálogo político y la búsqueda de consensos fundamentales son difíciles.
En un contexto tan complejo como este, la nueva Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible acordada por los líderes mundiales en la Cumbre de Jefes de Estado celebrada el 25 de septiembre en las Naciones Unidas, donde España estuvo representada por S.M. el Rey, así como el acuerdo alcanzado en París sobre Cambio Climático en diciembre —los dos pilares de una nueva agenda global para el desarrollo sostenible—, ofrecen una visión de futuro y un espacio de encuentro sobre el que es posible articular acuerdos y construir un proyecto de país transformador y de largo plazo.
Esta nueva agenda es profundamente transformadora porque marca objetivos y establece mecanismos que atacan las causas, y no los síntomas, de la pobreza, la desigualdad y la degradación del medio ambiente. A diferencia de los Objetivos de Desarrollo del Milenio que expiraron en 2015 y del protocolo de Kioto, los ODS y el acuerdo de París son de aplicación universal a todos los países, desarrollados y en vías de desarrollo, y también a todos los actores, sector privado incluido. Los ODS no son, como en cierta forma fueron los ODM, una prescripción de los gobiernos de los países desarrollados a los de los países en desarrollo a cambio de ayuda. Por el contrario, representan un nuevo pacto universal, un contrato social global. Todos los países y sociedades sin excepción tendrán que llevar a cabo las transformaciones necesarias, de diferentes maneras, y adaptadas a su realidad, para alcanzar un futuro común de prosperidad. Todos los países estamos en vías de desarrollo sostenible.
A diferencia de la anterior agenda de la ayuda al desarrollo, los problemas y las demandas más sentidas de los ciudadanos y ciudadanas españolas están reflejados en (y respaldados por) los nuevos ODS: desde la desigualdad de renta y oportunidades, a la provisión de servicios básicos universales y de calidad; desde la necesidad de reducir la pobreza en nuestro país, hasta hacer nuestras ciudades más sostenibles y seguras; desde la garantía del acceso a la vivienda, hasta la conservación de nuestros ecosistemas; desde el acceso a la energía y la transformación del modelo energético hacia uno basado en renovables, hasta la lucha contra la desnutrición y la pobreza infantil; desde la lucha contra los paraísos fiscales, hasta la lucha contra la corrupción. Sólo por poner algunos ejemplos.
La lectura de la crisis económica y sus efectos deja también algunas lecciones aprendidas que nos permiten valorar las oportunidades que ofrece la nueva agenda para la prosperidad y la transición hacia un nuevo modelo social y de crecimiento económico en España, verde e incluyente. Muchas de las empresas y centros de investigación españoles punteros en el mundo, y que han resistido a la crisis —a pesar de la reversión de incentivos públicos—, operan en los sectores que la nueva agenda identifica como estratégicos: en energías renovables, en eficiencia energética, en redes de distribución inteligentes; en tratamiento y gestión integral del agua; en medios de transporte eficiente y sostenible; en agricultura sostenible; en infraestructuras resilientes y de calidad; en el desarrollo de nuevas vacunas... Muchas de las políticas públicas más exitosas que se han desarrollado nuestro país, reconocidas internacionalmente, son pilares de la nueva agenda: políticas de igualdad de género; de dependencia; sistemas eficaces de salud pública universal; de gestión integral del agua... Tenemos ventajas competitivas y capacidades ya creadas en nuestro sector público y privado, gracias a haber dispuesto políticas públicas e incentivos adecuados en su momento, para articular nuestro proyecto de país alrededor de la nueva agenda global de desarrollo sostenible.
Los ODS y los acuerdos de París nos deben servir para orientar las prioridades en áreas clave donde nos jugamos nuestro futuro: en nuestras políticas sociales, en nuestro modelo de reindustrialización, en nuestro modelo de ciudades, de desarrollo rural, en nuestros sistemas de I+D, en nuestro sistema educativo, en nuestra política de cooperación al desarrollo. ¿Por qué no adoptar la nueva agenda y los ODS como el aglutinante de pactos de estado esenciales para nuestro futuro a largo plazo?
Por si fuera poco, los ODS y París serán también el referente ante el cual nuestro país será valorado internacionalmente como más o menos exitoso, como modelo a seguir o a evitar, en las reuniones ministeriales anuales de seguimiento de los ODS y en las cumbres de Jefes de Estado previstas a tal efecto cada cuatro años. Un excelente incentivo: la proyección internacional.
Definitivamente, en este contexto complejo, la nueva agenda representa el mejor marco de consenso sobre el que perfilar el modelo de país que queremos para el siglo XXI. Si España construye su proyecto de país alrededor de los ODS y los cumple, será en 2030 un país próspero, cuyo modelo económico será intensivo en conocimiento y estará basado en sectores productivos competitivos porque son bajos en carbono y básicos para el desarrollo sostenible, capaz de generar empleo de calidad para los y las jóvenes, que no sufre pobreza extrema en ninguna sus dimensiones, con derechos sociales y civiles universalmente garantizados, que preserva y regenera sus recursos naturales y ecosistemas, y que es líder en la construcción de un mundo igualmente próspero y sostenible porque hace de la lucha contra la pobreza y el desarrollo global sostenible el eje de su lugar en el mundo.
Para ello, hacen falta consensos fundamentales y la voluntad política para tomar medidas de gran calado. Medidas que será difícil tomar, puesto que la nueva agenda global es de naturaleza fuertemente política, e implica priorizar entre diferentes opciones de políticas, sectores, tecnologías y también entre grupos de interés, algunos muy poderosos. Difícil, pero por supuesto, abordable.
Hagamos que los ODS y la agenda del clima, a la que España se ha comprometido internacionalmente, aglutinen un pacto de progreso y transformación a largo plazo por el desarrollo sostenible —ojalá, un pacto de estado—, y pongámonos manos a la obra con las reformas institucionales y legislativas que sean necesarias, que serán muchas y profundas. No dejemos pasar esta oportunidad.
Gabriel Ferrero es asesor senior en planificación de la Agenda 2030 en la Oficina Ejecutiva del Secretario General de las Naciones Unidas desde 2012 y fue Subdirector General de políticas para el desarrollo en la Secretaría de Estado de Cooperación Internacional entre 2006 y 2011.
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